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El valor de la palabra

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La palabra expresa el pensamiento y el sentimiento de los seres humanos. De hecho, nos hace diferentes del resto de los individuos que habitamos el planeta. Es verdadera, según la visión india, cuando hay plena correspondencia entre lo que se dice y hacemos; encuentra verdadero valor cuando reflejamos la realidad. Por eso quizás en muchos rincones indígenas de México, la palabra cumplida sigue siendo regla de oro. Pero aún existen quienes la vulneran, la obvian, la ignoran.
  Perdónenme si hago de estas líneas todo un pañuelo de lágrimas y a ustedes, los convierto en mis confidentes. Estoy harta de escuchar promesas, de esperar llamadas y de otorgar ápices de confianza que pronto se tornan en traición.  Lo he vivido en carne propia. Soy de las que entiende la amistad como algo duradero, eterno; por eso me duele cómo la mancillan.
  Esta reflexión, seguramente tan elemental para muchos, es una cuestión comúnmente olvidada en algunos lugares, incluso existen instituciones o empresas que le restan el verdadero valor, la minimizan, la ignoran, la condenan. En varios ámbitos y sectores de la vida, la palabra ha perdido el valor y la importancia que debería merecer, en tanto base de las relaciones sociales. El costo mayor de esta circunstancia, entre otras consecuencias, ha sido la desconfianza.
  Para los que hemos buscado y apoyado la paz con justicia y dignidad tiene sentido la palabra. Y esto cobra mayor importancia, porque hoy día empezamos a observar las incongruencias que denostan su valor.
  Y precisamente, éste está unido al nacimiento de los pueblos, a los mitos indígenas, a la creación del mundo, a los ritos sagrados y ancestrales en los que la expresión no puede ser modificada. Pero su trascendencia no termina aquí. Como herramienta, ella asegura nuestra interacción con los seres que nos rodean. Es evidencia de humor, costumbres, tradiciones, valores, capacidad creativa. Resulta la mejor arma para defender cualquier punto de vista frente a posiciones contrarias y herramienta fundamental para convencer a los demás.
  Símbolo de la fe, del amor y de la paz. La palabra constituye un símbolo del compromiso adquirido: palabra de honor, te doy mi palabra y expresión de la valoración del otro: ésa es una mujer (o un hombre) de palabra… Hay expresiones populares, usadas muy ocasionalmente, en las cuales el término combinado con otros vocablos forman significados de gran relevancia social y cultural: su palabra vaya adelante; a palabras necias, oídos sordos; a buen entendedor, pocas palabras bastan.
  “Hoy en día quedan pocos hombres de palabra como tú”, le dijo un compañero de oficio a un colaborador y amigo de este diario. Me limité a escuchar, pero asentí para mis adentros: ¿Cuánta razón tienes?, me dije.
  Hace dos años fue traicionado mi amistad; a quines quise como familia, me clavaron luego un puñal en la espalda. No le bastan las malas acciones, por primera en mi vida pasé por trances jurídicos. ¡Claro que los gané todos, porque la verdad es la más grande las justicias! Hoy, vuelven a arremeter, y al cabo de todo este tiempo sólo me hago una pregunta: ¿POR QUÉ?
   Entonces busqué en esta gran red de redes todo lo concerniente con el valor de la palabra. Ahora los comparto con ustedes.
  El darle un valor elevado a nuestra palabra, nos compromete, identifica. Seguramente han escuchado hablar de un código de ética en el Japón, el Bushido; es un código de honor por el cual se regían los samurais, entre sus declaraciones están estas que me llaman mucho la atención:
  [Makoto - Honestidad, Sinceridad absoluta] el simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción.
  [Meiyo - Honor] Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quién eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.
  [Chuugi - Lealtad] Las palabras de un hombre son como sus huellas; puedes seguirlas donde quiera que él vaya.
  Para alguien que ha decidido vivir bajo éste código, el no cumplirlos, constituye la misma muerte, aunque realmente es algo muy radical.
  Pero también la Biblia habla de este tema de una forma muy directa, dando un alto grado de importancia a la palabra, Jesús hablando sobre los juramentos y promesas dijo: “Si van a hacer algo digan que sí, y si no lo van a hacer digan que no. Todo lo que digan de más viene del mal” Mt. 5:37.
  Con todo, ¿hasta dónde vamos a elevar el valor que le demos a nuestra palabra? - el comprometernos para algo y no hacerlo afecta a nuestra identidad y por defecto a nuestro propio honor.
  Un pequeño “sí”, un breve “no” es un gran compromiso para cada uno de nosotros, no entremos en el montón que dicen “todo el mundo lo hace” (qué mediocridad). Creo que si comenzamos a darle sentido y valor a lo que decimos y nos comprometemos para cumplir, podremos afectar menos a nuestra sociedad.
  La verdad, la sinceridad, la confianza, deberían imperar siempre en las relaciones humanas y no jugar, tan solo, el papel de mero deseo, pues la mayor desazón padecida por un ser humano es la duda. Y dudar de la sinceridad de la palabra de alguien conduce a su inmediato arrinconamiento.
    Hace veinticinco siglos, Confucio mantuvo largas conversaciones con sus discípulos chinos hablando del valor de las palabras. Cuando alguien le preguntó qué haría si llegara a gobernar el gran país asiático respondió:  “escribiría una enciclopedia en la que cada palabra tuviera su significado”.
  Por tal razón constituye el principio básico de toda civilización. Claudio Magris pone en boca del protagonista de su novela, "A Ciegas", que "sin palabras y sin fe en las palabras no se puede vivir; perder esa fe quiere decir ceder, abandonarlo todo".
  Shakespeare, que ponía palabras a las pasiones, las traiciones, las grandezas y las vilezas de los humanos, nos envió lecciones sobre el comportamiento de las personas.
  Por eso digo, una y otra vez: las palabras no se las lleva el viento. Pueden circular de un espacio cultural a otro, pero no pueden perder su significado porque corren el riesgo de causar grandes desgracias. Si perdiéramos el sentido y el valor de la misma  volveríamos a la barbarie. Matarla o desvalorizarla es asesinar al hombre y su pensamiento, como acallarla o desvirtuarla es acabar con una de las esencias de la libertad humana.

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