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Una cubana nacida en el extranjero

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  Aún cuando los pies todavía se le enredan al bailar casino y su acento es el propio de alguien nacido en otra geografía, Paola asegura tener razones sobradas para sentirse cubana ciento por ciento. Esa condición le viene quizás por la herencia del abuelo, quien allá desde Honduras escuchaba en su radio de onda corta todos los discursos del presidente cubano Fidel Castro.
  En ese ambiente creció y se hizo una joven de bien. Para ella la palabra crecer es sinónimo de formarse como médico.
  "Mi padre quería que estudiara Derecho, porque en mi país hace falta justicia. Después maestra, pues la educación está muy limitada allí. Pero yo quise ser médico, ellos también son imprescindibles", sentencia Paola María Cubero Amador al iniciar el diálogo.
  "Yo quiero que los pacientes vean en mí una persona en quien confiar. Nunca un medio que obstaculice su cura. Ni un modo de que otros se enriquezcan. En mi país la salud es una mercancía", cuenta con una rapidez extraordinaria, como si las ideas se le fueran a escapar.
  Respira y vuelve a retomar el hilo de la conversación. Ahora enfoca sus palabras al pasado. Su rostro parece trastocar sentimientos y aunque muchas sonrisas afloren, la nostalgia se asoma una y otra vez.
  "Cuando me otorgaron la beca en Honduras para estudiar Medicina en Cuba muchos dijeron cosas horribles. Por ejemplo, que veníamos a cortar caña y que los cubanos solo tenían para comer papas hervidas con sal. A pesar de todos los rumores, mi vocación por la profesión no me hizo dudar en viajar hasta este país.
  "Nosotros vinimos casi escondidos para acá, porque allá el gobierno no nos quería dejar venir. Incluso, una vez graduados puede que tengamos problemas al trabajar, pero el futuro lo tendremos que hacer nosotros".
  En ese entonces, Paola estudiaba inglés y su padre insistía en verla crecer. Con miedos e inquietudes, propios de una joven de solo 17 años, iniciaba una profesión que al decir de muchos requiere, además de mucha vocación y amor, una sensibilidad extrema en tanto resulta una lidia cotidiana entre la vida y la muerte.
  "Mi pasado lo veo en mi patria, junto a mi padre y familia. Desespera en mi interior por tantas cosas que no podía realizar. Más pequeña y menos independiente”.
Los ojos rasgados y las facciones de la cara delatan su ascendencia centroamericana, aún cuando incluye en sus relatos algunas que otras frases enteramente cubanas.
  "En La Habana estuve cuatro meses recibiendo la preparatoria inicial y después nos incorporamos al nuevo proyecto de las casas de familia. No entendíamos, pues nos parecía extraño que una familia acogiera a personas desconocidas en sus propios hogares. Ahí comencé a descubrir los valores de los cubanos.
  "Las diferencias siempre van a existir. Pero lo que yo he compartido en Cuba me demuestra cuánto tienen que aprender de su humanismo y solidaridad los demás países de Latinoamérica".
  Hace una pausa y comienza a evocar los recuerdos de su niñez en Honduras, donde la indigencia trastoca sus más firmes conceptos de igualdad. El tiempo parece detenerse ante su mirada fija. Momento propicio para preguntar por su presente.
  "Está en las calles de Cienfuegos, junto a Luisa y los demás de la casa donde vivo.  También en la policlínica y en el hospital, donde suelo hacer guardias con mis tutores.   En cada asignatura por vencer. Todas mis fuerzas las entrego al estudio, porque prometí ser un buen médico".
  Y al estilo de una cubana reyoya dice: "No se pueden quemar etapas en la vida". Entonces sonríe y apunta: "Sabes, me gradué de peluquera en un curso que ofreció la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y ya pelo en la casa a José, Jesusito...".
Uno de los principales logros de la formación de médicos latinoamericanos en Cuba consiste en su vínculo directo con la realidad cubana y la práctica de sus conocimientos en las diferentes Áreas de Salud. Además del intercambio cultural que implica tal proyecto.
  "Nosotros compartimos las mismas costumbres de ustedes. También las mismas carencias, pero nos damos cuenta de la extraordinaria suerte que tienen. Aquí no hay indigencia como en Honduras, tampoco altos niveles de drogadicción ni violencia. Las mujeres, por ejemplo, tienen un espacio en la sociedad y son muy competentes.
  "Admiro del Comandante en Jefe su capacidad para dirigir a un pueblo tan culto y educado. Los cubanos saben de leyes, geografía, economía, política… están al tanto de todo. Comparten lo que tienen, no lo que les sobra. Por eso creo que no todos en el mundo pueden ser cubanos".
  Al referirse a sus estudios de Medicina un gesto de alegría complementa sus primeras palabras. "Aquí te enseñan a razonar sólo, a ser autodidacta. A los profesores les gusta que los alumnos participen en clases y que la polémica sea la que guíe el proceso de aprendizaje. Es diferente porque sus materias están muy actualizadas".
  Enfrascada en sus estudios, Paola escucha de vez en cuando a Luisa que desde la cocina le insiste en que se "le van a quemar los cables, de tanto estudiar". Pero ella siempre se las ingenia para esquivar los regaños y continuar su faena.
  "Ahora soy más responsable y autodidacta. Eso se lo debo a Cuba. La manera en que he crecido sorprende, incluso, a mis padres. Ahora me encuentran menos tímida, más madura y escandalosa. Eso es porque ustedes son personas muy alegres y me lo han trasmitido".
  Al filosofar sobre el futuro Paola María solo alcanza a puntualizar: "Seré un buen médico. Especialista en Oncología o Cuidados Intensivos, pero al estilo cubano. También veo mis maletas listas para viajar a Cuba, pues la familia de Luisa tienen que conocer a mis hijos".
  Cuando el bailar casino no sea ya una asignatura pendiente y el título un reto al mejoramiento y la superación médica constantes, Paola tendrá todavía un camino largo por recorrer. Pero siempre, a cualquier lugar donde la vida la destine llevara su boleto de presentación: "soy una cubana nacida en el extranjero".

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