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Y se cumplió la promesa

  La vida casi le juega una mala pasada a Marta. Desde muy pequeña quería enseñar, tenía a flor de piel las ganas de ser maestra. Cuando terminó el sexto grado, una beca en Topes de Collantes llevaría a vías de hecho su anhelado sueño.
Todo se detuvo al morir su abuela. Las aspiraciones quedaron varadas cuando asumió responsabilidades al frente de una casa y el cuidado de sus hermanos menores. Fue su papá quien le devolvió las esperanzas cuando, enterado de su angustia, le dijo: "No te preocupes, te prometo que vas a ser maestra".
¿Cómo se materializó entonces la promesa de su padre?
"Él era obrero agrícola, pero daba clases a los adultos que se superaban por las noches. Yo le ayudaba en todo lo que podía y así me fui vinculando con ese mundo.
"Donde yo vivía había una escuelita rural que no tenía maestro. Empecé a dar clases de forma voluntaria, porque con sólo 14 años no podían abrirme un expediente laboral.
"Estuve así hasta los 17 años. Fue entonces cuando comencé oficialmente mi vida de maestra, de la cual nunca me he desvinculado, ni en los tiempos más difíciles.
"Enseguida me matriculé en el Plan de Estudios Dirigidos, algo parecido a un curso emergente muy breve, pero que me proporcionó el título de maestra. Después vino la oportunidad de hacer la licenciatura y actualmente estoy vinculada a una Maestría".
¿Porqué a Marta le gusta educar?
"Soy una martiana fervorosa y eso ha influido mucho en mí. Me he inspirado en el pensamiento del Apóstol; eso me ha retroalimentado durante todo este tiempo frente al aula.
"Martí dijo que educar es un arte, pero le adicionó lo más importante, el amor infinito. A cada clase o actividad que desarrollo con los alumnos le pongo ese ingrediente y todo fluye mejor.
"Mi papá decía que a la Revolución le hacían falta hombres inteligentes para formar las nuevas generaciones, y que si me gustaba, debía aferrarme fuertemente a ese deseo.
"Después conocí la sensibilidad exquisita de los niños, cómo una los puede moldear, formar su personalidad... Es así como se palpan los resultados. Con el transcurso del tiempo esa es la mayor recompensa".
En su opinión, ¿qué no debe dejar de hacer nunca un buen maestro?
"Lo primero es superarse constantemente, estar actualizado en lo último de la ciencia, de la técnica..., porque la sociedad se transforma, cambia continuamente. El maestro no debe quedar a la zaga, tiene que ir junto al progreso social para poder formar integralmente a los estudiantes.
"Y lo segundo, no menos importante, es ser ejemplo. No se pueden formar valores si uno no los tiene".
Si un día de estos le dicen que no puede estar más frente a un aula ¿qué pasaría con usted?
"Dejaría atrás la razón por la que he vivido todos estos años. He padecido problemas de salud, e incluso, el médico me aconsejó no volver al aula. Mi respuesta fue definitiva cuando le dije que era en el aula donde único yo me podía recuperar, y así fue".
Entonces esos niños son como su medicina.
"Más que eso, son mis hijos, la fuente que me motiva a continuar superándome. Son mis mejores metodólogos y mis más exigentes inspectores. Ellos me evalúan cuando me dan el veredicto final usando la más gratificante y sencilla de las exclamaciones: ¡Maestra que linda le quedó la clase!".
Ambas partes coinciden, si para Marta esos pequeñines de la escuela Pedro Suárez Oramas, de Cienfuegos, son sus hijos, ellos manifiestan encontrar en su maestra las cualidades de una segunda madre.
"Con ella pasamos casi todo el día, la queremos mucho, es parte de mi familia, tiene mucha paciencia con nosotros...". Éstas y muchas expresiones de cariño y admiración son el sentir de los alumnos de Marta Flavia Pérez Álvarez, quien acumula 35 años en el sector educacional. Hasta ella han llegado reconocimientos como la Distinción por la Educación Cubana y, por los resultados del curso pasado ostenta el Premio Especial que confiere el Ministro de Educación.

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